Hoy me ha pillado desprevenida una presencia invisible en la almohada...
Y creo que eras tú, aunque no pueda estar segura.
Digo creo, porque casi siempre eres tú a quien imagino observándome al otro lado de la cama, con esa sonrisa en forma de media luna, haciéndome dulces todos los sueños y amargos los despertares... Porque no es lo mismo verte en sueños que tenerte, realmente, al lado.
Es entonces cuando
vuelve a hacer frío, y vuelve a llover. No digo que el llanto sea malo, pero se convierte en incómodo cuando tratas de disimularlo tanto que se te seca en la garganta y te impide respirar.
Podría decirte que te quiero de mil formas distintas,
y nunca estaría contenta.
No sé qué palabras usar, ni cuál es la forma más hermosa de darte un abrazo y rogarte que nunca te vayas...
Que sí, que puede que
no tenga todo el oro del mundo para ofrecerte, y que es normal no contentarse únicamente conmigo
porque por más que quiera
sigo estando rota en pedazos.
Siempre fui un puzzle de tantas piezas que nadie se atrevió a acercarse.
Carecer de interés mi virtud y fracaso. Y nunca me importó de día, o al menos eso lograba fingir. Pero las noches frías sabían la respuesta correcta...
Y te necesito.
Cerca o lejos, pero mío.
Que pueda decir que poseo algo valioso en sí mismo. Algo que no solamente no carece de interés, sino que da sentido a mi propia e insulsa existencia.
Tú das sentido a todo este caos que trata de apoderarse del poco sentido que mi mundo aún conserva.
¿Y será posible que aún digas que me quieres más?
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Gracias a todos por vuestros comentarios en la entrada anterior, ¡siempre hace ilusión que a la gente le guste lo que haces!
Trataré de pasarme por vuestras casas en cuanto acabe esta semana.
Gracias, a todos esos 197 duendecitos.