domingo, octubre 26, 2008

La leyenda de un amor

Cuentan que aquel hombre, de gran estatura y cuerpo fornido, jugaba con las chicas jóvenes y puras, para arrevatarles su pureza y luego dejarlas morir de locura, al ver que su hombre dejaba su cuerpo a manos de otra.Cada vez que mordía aquellos cuellos blanquecinos y suaves, sentía que tenía más vida, y menos corazón, mataba a aquellas beññezas albinas, solo para saciar su sed, aunque al no muerto no le importase, era tan frío como el hielo, sí, pero nunca sintió el calor de alguien al que él también quisiera.

Una noche, en la que la luna se había ocultado, salió en busca de alguna jovencita para alimentarse.

Al otro lado de la fuente de los sueños, encontró a una joven que reposaba apoyada sobre el tronco de un árbol.
Sus largos cabellos color azabache cubrían la mitad de su rostro, y sus ropajes daban a entender que era noble.
La joven despertó de su sueño, y al divisar a aquel bello hombre, retrocedió algo asustada.
Él la apresó, entre sus fuertes brazos y, saliendo al vuelo, la llevó hasta su castillo oscuro y solitario.
Ella estaba temerosa, no sabía qué era lo que el hombre quería, ni siquiera se había dignado a decirle su nombre... que podría hacer... ¡¿qué?!

La encerró en una habitación, encima de la torre mayor, tampoco sabía qué hacer con ella, no fue como las demás, como aquellas chicas que se enamoraban de él sin más y que lloraban cuando él las dejaba.
Ella opuso resistencia, y no sería fácil de dominar, aquello le sorprendía.
Subió decidido, tal vez tampoco fuera tan dura como mostraba, tal vez solo quería espantarle...La tiró a la cama, ella gritaba, pataleaba y lloraba, pero, no atendió a sus súplicas, en aquel momento, le arrebató la vida.
Ahora ella sufriría también, ella tendría que vivir eternamente, por siempre, siendo su súbdita, siendo, su esclava.

Pasó el tiempo, y la chica seguía sin despertarse, algo nervioso, mordió una y otra vez su cuello, que ahora estaba frío cual piedra, helado, como el suyo.
Cada noche, tras saciar su sed de sangre con una nueva chica, subía a la alcoba de la que se había convertido en su señora, porque, con el tiempo, empezó a notar que dentro de él también había un corazón que palpìtaba, poco, pero lo hacía... y, aunque no era capaz de sentir un pinchazo, o un golpe... notaba el dolor que le producía verla así, porque, poco a poco, fue notando la falta de aquellos pataleos, que luego se convirtieron en caricias y besos, que daban calor a unos labios muertos y olvidados.


Se sucedieron los días, y cada vez se sentía más apagado, no iba a buscar algo de diversión, solo estaba junto a ella, junto a su rosa marchita...La muerte era lo único que esperaba, la muerte, pero de ambos, ya que solo entonces estaría juntos, pero, por desgracia... se veía atado a la vida, a una vida que realmente no lo era y ella... no despertaba a esa vida, si no que se quedó en medio de dos mundos, en una barrera dificil de superar.


En otra noche como en la que la encontró, el dolor estayó dentro de su ser, cogió una cruz de plata y la clavó en el corazón de su amada, al ver la mirada de agonía que puso antes de morir, su mente se nubló, en la pena de aquella ida, de aquella marcha, mientras la joven de sus sueños se consumía como en un fuego interno, se clavó a sí mismo la cruz, dejando atrás aquella no vida que le consumió tantos años, y cruzando la hilera de la muerte, para reencontrarse que su amor verdadero, la cual le esperaba con lágrimas en los ojos y los brazos extendidos, susrrando entre los labios un "te amo" que reconstruyó el corazón de aquel hombre, de aquel ser frío y cruel, que ahora se fundía en la luz, se fundía en el amor, pidiendo perdón por una vida llena de maldades, y alcanzando la pasión que tanto tiempo le fue arrebatada.

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