sábado, agosto 08, 2009


El hielo se resquebrajó


No sé nada de lo que sabía alguna vez, y lo que supe, se esfumó tal vez.
Se lo llevaría la marea, esa que retiene todos los sueños que se desean... y se los lleva consigo, a un paraíso que nunca fue establecido por ninguna barrera humana...
Y yo, idéntica a ella, me llevo las rosas cual mariposas a un jardín helado... alado de ignorancia y resignación... porque si nada es una rosa... ¿qué se supone que soy yo?
Es triste ver que se desvanecen mis recuerdos porque me niego a reconocer mi estupidez, y mi lacónica sonrisa vuelve a aparecer sin que yo sea capaz de borrarla de un plumazo. Me niego a crecer! y menos si eso significa que el tiempo pasará otra vez sin dejarme respirar.
Me asfixio sin remedio y no sé cómo parar de caminar en sentido opuesto a las agujas de ese estúpido reloj insomne que tengo por cerebro.
y que no para de pensar en que no sirvo para nada más que para obviar esa parte de mi que se desdibuja cada mañana al despertar-me.
No sé dibujar...

ó en el mismo instante que suspiré, y miré atrás y fijé la vista en mi memoria, esa que me araña, esa que me agobia... con motivos y razones que no tienen ningún porqué... que no tienen nada más que arena en cada poro de su piel.

Las sonrisas que antes añoraba crear, porque la única y verdadera sonrisa es la que me regalas cada vez que aparezco sin avisar...
Sólo quiero que me digas que podré soportar el dolor que me causa mi helado corazón, que se niega a palpitar..



¿Qué será del tiempo ahora que me permití volver a intentar empezar de nuevo?
Mejor olvidemos, olvidemos esas cosas que dijimos ser sin serlo, las cosas que soñamos en momentos inciertos... olvidemos las distancias y los acercamientos... olvidemos que los sueños son difíciles de lograr...
Pero... acuérdate de siempre de que tú me enseñaste a soñar; cuando todo creía perdido, tú me enseñaste a caminar...
No olvides nunca, nunca jamás, que de mi jardín de rosas, la más bella te deseo regalar...


Tantas espinas tengo clavadas que ya no sé cual duele más; tal vez la que yo me clavé, esa noche en la que me quise marchar.

El tiempo ahora marca el compás con el que te miro, y te susurro:

¡NO TE MARCHES JAMÁS!

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