jueves, noviembre 05, 2009

Tú ¡!

-¡Saltemos al vacío!
Dije sin pensar.
Dije sin saber, exactamente,
a dónde nos llevaría esa decisión.

Indecisa pero preparada,
salté yo,
Tú permaneciste inmóvil,
allá, tan lejos, y tan alto,
mirándome desde la superficie
de la roca a la que nos asomamos.

Te llamé pero sólo el eco
respondió a mis palabras.

Y allí te quedaste
queriendo o sin querer.
Yo esperándote y tú tan tranquilo
como siempre...

Miré una vez más al cielo,
oscuro, como de costumbre.
Acostumbrada estaba ya
a estos días tan lúgubres...
y tan inmensamente vacíos.

Tanto que se desplazan ante mis narices
sin darme tiempo a reaccionar.
Tanto que yo sin saber cómo,
dejé de caminar,
quedándome estancada en esta infinita desazón.

Ya no huelo el aroma de tus labios,
los cerraste sin decir adiós...
Y mis estúpidos pies no querían
moverse de allí,
¡prometieron que pronto caerías!
Y yo, por tonta, les creí...

Juro que un día de estos,
en que encuentre las fuerzas y las ganas
necesarias para ello,
volveré a susurrar tu nombre,
a ver si oyes el eco...
de tus pasos al alejarse poco a poco
alimentando mi desconcierto.

Érase una vez un trébol alado,
un pájaro de tres hojas,
y un sueño jamás soñado...

Marchose una vez,
callado,
un débil calor
cuyo ser fue arrebatado...

Perdióse un buen día...
(frío y nublado),
la esperanza de que tal vez,
pronto,
serías hallado.

Bueno, prometo que,
en el invierno que despierta,
no cerraré la ventana...
Puede que, tal vez, vuelvas.


En el momento más inesperado...

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