martes, febrero 23, 2010

Ella

Al compás del viento se mecía el cabello de ella.
Una niña torpe. Una niña pequeña. Un soplo de aire mentolado. Una niña como otra cualquiera.
Con sentimientos de papel bullendo por salir al exterior, de ella. De su mundo.
Tan único y distinto como el de cualquiera. Tan pequeño... Como ella.
Con emociones inflamables pegada a su pequeño cuerpo de azúcar, muy blanca, en granitos muy pequeños, que se le escurren por entre los dedos con facilidad.
Y mamá le riñe por deshacerse.
Y ella agacha la cabecita, y la esconde dentro de misma... cuando logra encontrarse.
Y entonces vuelven sus recuerdos, lejanos, en fragmentos diminutos, como los colores del arcoiris que dibujó a los pies de su camita, para verlos cuando despertase entre pesadillas de regaliz, y le picase la punta de la nariz, como le pasa cada vez que huele las sensaciones con sabor a pimienta.
Como cuando papá le dice niña torpe por romper algún que otro jarrón... y el agua se le derrama por las flacas piernas, tiñiéndose ésta del color de las rosas.
Y se le doblan las rodillas y se tambalea y cae sin que la vea nadie. Sin que ella diga nada.

- Las rosas en invierno no crecen, ¿verdad señora Luna?
Luna sonríe ante las ocurrencias de ella y se queda sin responder, como siempre pasa.
Aunque nunca llueve en su mundo, a veces no hay estrellas. Entonces ella se pone triste y comienza a quejarse.
Y las quejas devuelven el eco de canciones de cuna que nunca antes había oído. Para no quedarse sola.
Y comienza a contar los granitos de azúcar que le quedan para deshacerse del todo.
Para convertirse en una niña grande. Que aunque siempre siga siendo minúscula, dicen que será menos torpe.
A ella le queda esa esperanza. La de no romper más jarrones y que no le rompan más promesas.
A ella le quedan esos miedos a los que aferrarse cuando presienta que no teme a nada... Papá le dijo que siempre hay que temer a algo, que si no no eres nada... o eres demasiado.

Ella no quería ser nada. Ella quería ser un pájaro. Ella quería saltar sobre nubes que estuviesen blanditas. Ella quería dormir sobre ellas y no que sólo su cabeza estuviese siempre allí. Ella no sentía ningún pajarito en su cabeza. Pero si había alguno, ella temía que mamá los espantara. Como la fe en los reyes magos. O en que Dios traería a su pequeño hermano, y entonces mamá volvería a estar feliz. Y volvería a quererla a ella...
Ella quería un abrazo de un príncipe que aceptara que no fuera una princesa.
Las princesas eran tontas, pensaba ella cuando hubo aprendido a leer.
Las princesas se perdían muchas cosas por quedarse esperando tanto tiempo.
Las princesas no eran como ella, pese a tener las manos pequeñas y finas y los dedos delgados. Pese a ser torpes y tener la cabeza llena de pajaritos invisibles.

Ella se había construído un mundo hecho de pequeñas e invisibles lágrimitas. Que se le caían de los ojos en las noches donde señora Luna se escondía con sus hijas las estrellas.
También de pequeñas y quebradizas sonrisas, que iban y venían, inciertas, temerosas de ser vistas.
En su mundo había duendes, y elfos, y hadas, y ogros, y malvados magos, y hombres, y ángeles, y sirenas, y demás maravillas. Pero en ese mundo no había gritos. El bosque se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Ella empezó a darse cuenta de que le quedaba poco azúcar cuando aquellos seres cantarines empezaron a desaparecer gradualmente.
Ella no quería. Ella lloraba y gritaba. Pero mamá decía que era hora de crecer.
Y ella comprendió que era lo mejor. Que los pájaros se irían. Que nunca podría volar porque le daban miedo las alturas. Y las caídas. Y que las caídas más bruscas pasan a cuanta más altura te encuentres.

Y ella ya no era ella. Al menos, no del todo. Y ella seguía preguntándose por qué.  Pero ya no le quedaba azúcar. Ya sus manos no eran tan pequeñas, ni tan delgadas, ni tan finos sus dedos. Ni su pequeña naricita le picaba ante el olor a pimienta. Ella ya se había acostumbrado al olor de la pimienta. Y ya casi no recordaba el sabor a azúcar en sus labios rosados.
Ella dejó de sentir que las emociones se adherían a su piel un día cualquiera... Un nueve de Enero. El frío le arañaba la piel blanca de la cara. Y unos niños la empujaron. Y ella no se quejó. Ya era grande. Ya no se quejaría.
Y todos los días iban adquiriendo el mismo color entre azul grisáceo y gris oscuro. Y ya llovía con más frecuencia sobre el bosque arrasado. El castillo se había venido abajo como si de un castillo de naipes se tratase. Pero a ella ya no le importaba. Ella se había acostumbrado. Ella no brillaba, porque nunca lo había hecho, ni nunca había sido una estrella. Aunque a veces soñaba que se iba con alguna y se unía a su núcleo, y volvía a brillar, como antes había soñado...

Pero ahora ella se creía eso de que los sueños no se cumplen. Ni en el mundo de todos ni en el suyo propio. Los sueños se convertían en pesadillas y tenían un sabor extraño, agridulce. Ya no le gustaban. Ya no eran perfumados.

La primavera volvía sin flores. Las palabras le dolían. Papá le reñía por no ser perfecta. Ya no tiraba jarrones, pero seguía siendo apenas una mota de polvo.
En un universo tan tan grande....
A ella eso no le molestaba. No quería ser grande. No quería llamar la atención. No quería a nadie a su lado. Ella prefería estar sola... aunque sus ojitos marrones dijesen lo contrario, su gesto contrariado apartaba a todo el mundo. Así no me podrán hacer daño, se decía ella intentando volver a sonreír.

Quería merecer ser querida por papá y mamá. Y por los niños de su clase. Y por señora Luna, para que regresara con todas sus ilusiones bonitas.
Ahora sólo quería merecer ser, cualquier cosa bastaría. Pero quería ser algo (¡!)
Algo más que esa niña sin azúcar, esa niña pequeña sacada bruscamente de sus sueños de papel amarillo y violeta.

Y un purpúreo amanecer creyó ser especial. Pero al anochecer sólo era ella. Y volvía a sentirse sola.
Duró un suspiro ese fuego que dijeron se llamaba amor...
Y entonces supo quién era ella.


Ella era única. Por eso no podía ser bonita. Ni podía ser querida. Ni podía ser nada. Ella era como una muñeca que todos cogen y sueltan sin querer. Ella necesitaba que la cogieran y la soltaran. Si no desaparecería, como pasó con su azúcar. Ella no se quería. Ella no quería estar dentro de ella. Ella tenía frío y ahora sabía por qué. Ella era frágil, los cortes en sus pequeñas muñecas lo demostraban. Ella odiaba esos cortes. Y odiaba la razón por la que se los hizo. Ella no quería que le hicieran daño. Pero era ella quien más daño se hacía.
Ella odiaba arrodillarse delante del baño y preguntarse por qué.
Ella odiaba no poder ser feliz. Ella odiaba que no la dejasen ser ella. Ella odiaba que no le diesen la oportunidad de demostrarlo. Ella odiaba que no la dejaran sonreír sólo cuando ella quisiera. Ella odiaba que los príncipes no pudieran ser para ella. Ella odiaba odiar ser salvada. Ella odiaba encontrar oscuridad en su mundo, que había crecido demasiado y la había dejado igual de pequeña que en el de verdad.
Ella odiaba que su corazón estuviese roto y los pedazos se le clavaran en la garganta al respirar.
Ella odiaba no querer pegarlos.
Ella odiaba ser ella y no poder cambiarlo...




Ella nunca creyó en el destino. Ella no cree en el destino.
Ella no cree en la suerte. Ella sólo cree en el tiempo. Ella sabe que su paso no arregla nada. Ella sabe que el orgullo herido sabe amargo. Ella ya no tiene orgullo.

Ella un día encontró unas pisadas en el cristal, y las siguió sin saber por qué.
Y las pisadas la llevaron a un castillo como el que una vez ella tuvo.
Y en el castillo no había rastro de ese olor a pimienta.
Y no parecía estar soñando (del todo)
Y en ese no-sueño había un príncipe que se creía sapo, o que creía que no era un príncipe.
Y ese príncipe la vio a ella.
Y ella se escondió de él.
Y él logró encontrarla en un rincón de su mundo.
Y ella volvió a escapársele de entre los dedos.
Y él siguió buscándola.
Y ella entonces se dio cuenta de que él no dejaría de perseguirla.
Y él entonces se detuvo en seco a una distancia prudencial.
Y ella se dedicó a observale en la distancia, como solía hacer.
Y él le pidió que se acercara.
Y ella lentamente fue capaz de hacerlo...
Y....


- Niña torpe. Volviste a caerte.
Sus piernas flacas clavadas en la nieve. Ésta teñida del color de las rosas rojas.
Sus manos eran pequeñas y delgadas y sus dedos finos.
Y había azúcar sobre su cuerpecito, en granitos pequeños, como antaño.
Y sus labios volvían a ser rosados. Y su cara pálida y blanca adquirió algo de color. La sangre agolpada tras las mejillas de ella en un pequeño y tímido rubor.
Y una sonrisa temblorosa y danzarina se dibujó en su rostro. Y su naricita se arrugaba ante el olor a pimienta.
Y las manos de él se unieron a las suyas. Y él y ella se pusieron a caminar en dirección a una estrella, la más brillante de todas en un nuevo universo pintado por los dos.


Y ella se sintió fuerte por primera vez en su vida.

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"Ella" Le dice a ese "él" que no se preocupe mucho, que está bien y que le tiene un regalo preparado

Subido por: Cr¡¡sthian=D
Hecho por: El düêndê {¡n}fêl¡z

2 comentarios:

  1. Es precioso, me ha encantado. Y me he sentido identificada en muchos aspectos.
    Ojalá el paseo sea eternamente de la mano con la persona que amas.
    Un saludo :)

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  2. Woooh
    Me gusta mucho como escribes niña
    pero te comentan más bien poquito xDD ále ále, ya me hago tu fan para que no me peeegues



    un Saludito, a ver si nos vemos

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Gracias por bucear en mis sueños.

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