lunes, marzo 29, 2010

Otro Dorian Gray

Tenía guardado el cargador de la pistola en el bolsillo izquierdo del pantalón. Lo recordaba perfectamente.
Dijo que nunca llegaría a utilizarla. Ahora era distinto. Ahora nunca y siempre se revolvían entre sus piernas.
No le quedaba más remedio.
El arma descargada estaba fría al contacto con la parte baja de su espalda.
Un cosquilleo. Otro. Otro... Escalofríos le hacían estremecerse.
El viento soplaba tan fuerte que temía que estuviese tan alborotado y gimiese ¡intruso! en cada vendaval que le obligaba a retroceder un paso cada vez que avanzaba dos.
Eso es. Era un intruso en su propia casa.
Ahora sumida en una quietud inescrutable. Ahora a oscuras. Ahora manchados de sangre sus muros.
Ahora que su cama había sido disfrutada por otro, ahora una sonrisa de cinismo se le había dibujado en el rostro desprovisto de arrugas. Sin ninguna expresión perceptible.

Arroja un cristal contra la ventana por la que tantas noches antes había entrado. Sin más. Ahora que nadie podía escucharle.
La habitación parecía rugir que se marchara. La puerta crujió cuando giró el pomo.
Los peldaños se iban alargando por momentos.
Las escaleras de caracol ascendían al mismísimo infierno.
Cargó la pistola distraído. Aún faltaba para llegar. Podría relajarse mientras tanto.
Y tendría tiempo de recordar los gritos de Alma, antes de sesgar su vida sin pedir permiso.
Su mueca de desesperación y el mal sabor de boca que se le quedó tras eso. Agridulces momentos se le venían abajo desde la azotea de su persona. Álbumes de fotos sin ninguna cara conocida. Extraños. Impulsos. Le mecían.
Derrochó su insistencia de barra en barra, buscando quedarse pegado en algunas piernas largas. Pero sólo encontró silicona, que pega más.

Cabellos rubios se mecían de aquí a allá. Arañazos en la espalda. Confusión de nombres.
Besos sin sentido.
Como todos los besos.

Compró nuevas flores para decorar su habitación. Pero Alma nunca estaba satisfecha con nada. Todo lo que hacía era malo.
Amargas palabras las que suspiraba Corazón cuando los dictámenes de su cabeza entraban en conflicto con aquello que conocía. Aquello que Alma pedía.

Sin importarle lo más mínimo, la destruyó.


Abrió el cerrojo oxidado que cedió a toda prisa, como si hubiese estado esperando desde hacía mucho.
Tanto, que llegó a estar igual de cansado que él.
No había espejos. Ni paredes. Ni ventanas.
Estaba solo.
Una soledad mordiente lo llenaba todo con su no-presencia.
La pistola parecía querer dejar salir toda la furia que llevaba reprimido él dentro de sí.

El viejo cuadro le enseñó aquello que más temía y odiaba.
Un reflejo de su verdadera naturaleza. Su existencia cobraba sentido al mismo ritmo que lo perdía.
Momentos que no se pueden recuperar.
Las ganas de reír crecían y crecían. Una risa desesperada. Una risa cargada de odio, pasiones reprimidas y tristeza.


Otra vez todo estaba en silencio. El viento había callado en su intento de hacerle sentir como un intruso. Lo era.
La casa dejó de rugir que se marchara. Ya no estaba allí.
El cerrojo se cerró desde fuera. Ya no tenía nada que esperar.

Tres disparos y el mundo siguió su curso, como si aquella noche nunca hubiese ocurrido.
Un agujero en medio de su pecho. Sangre por todas partes. No estaba muerto: sólo había ido en busca de su Alma.

Simplemente era otro Dorian más.

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Un sinfín de fragancias superfluas me descubren al amanecer casi sumida en la inconstante inercia de seguir avanzando a trompicones.
El aire no huele a aire. Huele a una mezcla de reverberantes sandeces que se me pasan por la cabeza y me oprimen la garganta para que el aire fresco no pase.
Antes tampoco pasaba. Al menos no fresco. Así que no mucho ha cambiado desde entonces.
Yo sí. Mis circunstancias apenas.
Apenas me descubro nuevos misterios que encubrir tras las cortinas de mi silencio, acostumbradas a sevir de escudo protector.
Rigen mis pasos todos los días, un despertador y un café-solo-sin-azúcar-gracias.
La rutina produce un lacerante dolor a mi mente inconformista. Y prefiero quedarme callada mirando a ver qué pasa, sentada desde mi atalaya.

Tras tres copas más de licor de silencio, puedo echarme hacia atrás y descubrir texturas nuevas en la superficie lunar. Ya sé cómo tocarla con los dedos sin tener que ir hasta allí y correr el riesgo de perder el tren de vuelta luego.
Vivimos en un andén enorme.
O eso pienso ahora.

Tumbada desde este césped frío, juego con los significados de las cosas. La magia no está en las palabras, si no en la interpretación que se les de a éstas. Me ha costado ¿eh?
Intoxicándome de sueños, regresó mi inspiración. Dibujos por todas partes, recostados sobre un colchón barato de algún motel de emociones se quedaron clavados. Los sueños, quiero decir.
Vencidos.
Retirados.
Empaquetados.
Embadurnados de frágiles impulsos eléctricos.

Electricidad
estática
recorriendote
el
pelo

Calambrazo.
Por no saber cuándo parar.
Deshaciendose en mil pedazos rotos.
Rotas.

Mezquinos intermedios se reflejan en sus costuras.
Posturas variadas adquiere antes de absorberme.
Casi por completo, retorciéndome en mis intentos por escapar-me-de-mi.

El tiempo se va, aunque apenas lo use, sosteniendo el reloj con cuidado antes de tirarlo contra la pared.

En verano no apetece dormir bajo las sábanas de la cama. La piel quedarse clavada en éstas y no tener ganas de levantarte.
El ánimo solamente sirve para caer o subir.

Dubitativa la frase de tal vez sea lo mejor.
Lo mejor sería dejar de dudar y empezar a hacerlo.
Sin acabar-se-me la punta de los lápices de colores por escasez de cosas que hacer para perderme sin levantar sospechas.



Siendo humo, puedo escapar por los huecos existentes entre miedos y temores.
Que nunca fueron lo mismo, digan lo que digan.

Soñándome sobre la punta de una espada incrustada en alguna pared mucho menos consistente... Hago fotos a la punta de mis pies caídos sobre el suelo de realidades diversas.






   ¿Lo recuerdas?

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Gracias por bucear en mis sueños.

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