lunes, marzo 22, 2010

Remembranzas

Incansables. Irremediablemente indecisos e indefensos. No sabemos qué queremos. Andamos a ciegas arrastrando nuestras lágrimas caídas y los sueños que nunca fueron.
Electrones de un átomo en una lámpara de luz caleidoscópica llamada universo.
Menos de una millonésima parte del todo. De masa casi despreciable... Y tan distintos e iguales.
Muerte y vida se mezclan entre nuestros lazos, llevándose a quien no deben y dejando a quien no nos importa.
Nos atraemos unos a otros, por eso tendemos a agruparnos. O eso dicen. O eso parece.
He encontrado un caso en que el tercer principio de la dinámica de Newton no tiene cabida. La acción no siempre conlleva una reacción de vuelta que lleva el mismo módulo y sentido contrario. Unos dan más. Otros menos. Y otros no devuelven nada de lo que se han llevado con los años...

La gente va cambiando, pero los largos letargos de las rosas en invierno permanecen inalterados.


Hoy me encontré cara a cara con mi cuaderno de dibujo. Ese que hace exactamente doscientos treinta y cuatro días escondí debajo de mi cama, entre mis libros de colorear de cuando era pequeña y mi diario en blanco.
Cogí un carboncillo y observé la última lámina en blanco que me quedaba.
Puse la mano sobre el lienzo y dibujé su contorno con trazo suave. Dibujé las uñas. Los lunares. La pulsera de color rojo que llevo en la muñeca izquierda. Y nada más. La palma en blanco, vuelta sobre mi.
Manos vacías. Sin detalles. Mi mano. Una parte de mi, como cualquier otra. Lugar donde se concentra el sentido del tacto. Tacto de tocar. Sentido de sentir... Yo puedo tocar colores, y respirar texturas. Puedo ver sabores y oír amaneceres... Yo puedo sentirme sola sin que nadie lo sepa, y sin yo saberlo, gritarlo.
O intentarlo mediante mis manos.
Cuando me enredo un dedo en algún rizo, pensativa, te dibujo sobre la pared. Y me encojo sobre mi misma, incapaz de respirar.
No, apenas comí hoy. Pero no estoy cansada por eso.
Estoy cansada de mi. De mi sobrehumana capacidad para cagarla una tras otra vez, sin tener apenas tiempo de despedirme de las ilusiones que me hago.
Mi condición de ilusa, al parecer falla un poco.
Las más caras acaban desgastándose, ¿no crees?

No me rindo a las ganas de soltarlo y quedarme así... tan tranquila. Guardarlo es más difícil y ya le cogí el gusto a sentirme mal. Sentir cualquier otra cosa puede ser fatal para mi estúpido corazón, cuya estupidez es más y más grande a cada hora, minuto, segundo, en que me mezclo con el gentío sin dejarme ver por nadie. Alguien se acabará percatando de que estoy ahí, como un separador de papel en medio de una enorme novela que pocos se han dignado a empezar a leer. Se quedan en el prólogo la mayoría. El papel se queda perdido en páginas sin fin. Me quedo encerrada en mí misma.
La minoría se resume en Tú...

Tú, pasas páginas sin saberlo, y te encuentro frente a mi. Y ni sé que decir ni eres capaz de verme. O eso me parece.
Te apareces fugazmente, con un rayo de alegría... y te vas con todo lo que traíste más un pedacito de mi, para la vuelta, para que puedas luego volver a encontrarme.


Hoy también encontré mi libreta de poemas. Y sólo había uno. Uno pequeño, que resumía todo lo que siempre he sido para mi misma...

Una suspicaz llamarada de desconcertante inquietud
baña el rostro tibio de la princesa del silencio
sumida en la blancura de una noche sin luna
se desdibujan al parecer sonrisas desacostumbradas
a no ser
Aire...
Que se escapa de sus labios al balbucear tonterías.
Decir con palabras es callar lo que quieres sostener.
Lo que sostiene su mundo son pilares de papel
trémulos muros de incoherente rareza
por sus miles de kilómetros de altura.
Suspiro, suspira se mece y balancea
en la copa de un trébol amarillo
sujeto por el extremo del centro de una herradura puesta del revés.
Patas de cangrejo adornan su mochila.
Preparada para partir a la aventura que será
aceptar que nadie aceptará
que sea ella misma.



Bifurcaciones de mi subconsciente se mezclan sin más en mi rostro, representando una mueca ambigüa: entiende lo que quieras.
Allí me quedo de pronto, el el lugar donde se dibujan las palabras que nunca se dicen, restándole minutos al reloj. Donde nuevas sensaciones surgen de las que nadie sabe nada.
De las que yo antes no sabía...

No conocía los pasos de este baile.
Me sedujo la forma de diluirse que tiene el silencio que los recubre. Incierto sin ser molesto...
Tarde o temprano los sueños acaban por comportarse como lo que son.
Y entonces yo sé... que estoy durmiendo.

Hoy me choqué con mis propias palabras. Con melodías que escribí hace tiempo. Hace tanto tiempo que ya ni siquiera encuentro el sentido que un día tuvieron para mi...
Hoy volví a bailar. A abrir cicatrices y cerrar heridas nuevas. Volví a levitar acompañada de acuarelas de sonido. Beethoven me trajo hasta ti, y me detuve sin atisbo de sonrisa. No quiero mentir.

No quiero seguir siendo una sombra clavada en un maldito espejo.
te quiero.
te necesito.
quiero que me ayudes.
No sé decírtelo.
No sé dejar de quererte... lo siento.
No sé olvidarme de ti... lo siento.


¿Me hice vanas ilusiones?




Hoy traté de discernir lo único realmente valioso de todo este embrollo.
No lo logré, pero auguro la caída de muros. Al fin lograré entenderlo (¿?)

O tal vez sólo pretenda hacerme creer que la oscuridad dejará paso a la luz más hermosa que jamás haya visto.


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Gracias por bucear en mis sueños.

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