domingo, marzo 28, 2010

Tengo Frío

Ni te imaginas cuánto.

Ni te imaginas lo mucho que he tenido que correr para llegar hasta aquí.
A lo más alto del más alto muro que más cerca tenía de casa.
A mirar al vacío.
A sentirme aún más pequeña...
Con motivos coherentes.
Y sin embargo, no logro sentirme mejor. Ni conmigo misma, ni con la situación que rodea a mis palabras.
Parece que el viento es muy fuerte allí donde quiera que estés, porque se las lleva a rastras y ni me deja un respiro para callar.
Acaba arrastrándome a mi también, tu pasotismo o el gélido abrazo que imagino desde aquí arriba.
Sola.

Me muerdo las uñas.
El esmalte se resquebraja en mil cristales pequeñitos de color negro.
Tengo ganas de tirar el móvil por el barranco y ver qué pasa.



Qué pasaría si me tirara yo.
Superman no vendría a buscarme.
El hombre araña prefiere a MJ.
Tú...


(...)

(No) Estoy llorando, ¿vale?
(No) Me estoy volviendo loca.
(No) Me duele.
(No) Me callo todas las cosas que quisiera gritar-te.
(No) Suspiro cada vez que pienso en ti.
(Sí) Te quiero.
(No) Me duelen los cortes.
(No) Me siento sola otra vez.


No tiene ningún sentido, mentirme en esta situación



Apenas ya recuerdo cuánto tiempo llevo así.
El insomnio me acompaña.
Los ojos moteados de gris.
El Sol no me calienta.
No me gustan los abrazos.
No sé si estoy deprimida o como una cabra.
De todas formas, no sé cuál es la línea que separa lo uno de lo otro. ¿Qué locura es más grande que la de perderse dentro de uno mismo?
Cuando eres yo misma, ninguna otra es lo suficientemente grande para ser calificable de locura.
Entonces tú estás más loco que yo, o eso o mientes descaradamente, pues decías que querías explorar mi mundo interior.
Sé que te llevaste un chasco o estás cerca de llevártelo.
No hay mucho que ver. Soy lo que soy y eso es mi mayor defecto o mi única virtud.
Ni son de miel mis labios ni de chocolate mis ojos. Así que de dulce, nada.

Salpicaduras rojas en una servilleta de papel.
A veces, tener mi vida en las manos me hace sentir mejor. Es un modo de saber lo fácil que todo puede acabar solamente terminando todo lo que empecé.
Sí, vale, ¿motivos?... Haberlos debe, pero me temo que si no lo veo, dificilmente voy a creer-me-lo, y eso lo aprendí de mi misma y de ti.


Ese es mi principal problema, o eso creo.
No me creo lo que me dicen, excepto lo de que parezco un muerto viviente.
Viviente... no sé. Eso parece.
Por lo menos, aún palpita mi corazón.
Aunque esté profundamente congelado.

Estoy asfixiada por mis propias palabras. No sabes cómo se me atragantan.
Y no voy a confesarlo nunca.
Lo mucho que me arrepiento de haber abierto la boca
justo en el momento en que iba a disculparme.

Creo que tengo que comprarme un móvil nuevo.
A la mierda con tantísimas cosas...
Bastante tengo conmigo como para estar esperando a que se oiga...
Sonar
Tu voz en la lejanía
de una tarde cualquiera de verano, con los ojos brillantes y el Sol sobre tu pelo
más claro que el mío.
Yo callada, para no perder la costumbre,
con una coleta baja haciendome cosquillas en la nuca.
El estómago reducido al tamaño de un cacahuete.

Poco te importa si para ti no es más que una fantasía descabellada que jamás llegará a cumplirse.
Pese a mi voluntad (más fuerte de lo que parece)
y las decisiones que voy tomando para poder escapar-me...
De aquí
A nuestro mundo, que aunque no ideal, no deja de ser nuestro.
O eso quiero pensar.




Esta noche no me importa esperarte sentada en un banco verde en un parque con las luces apagadas.
Como ya dije, tengo frío.
Que no quiera que otros me abracen no quita que quiera que lo hagas tú.

Me paseo tranquilamente sobre el filo de tus labios.
Envenenados los ríos de tinta que fluyen por mis manos.
Abiertas.
Muñecas, que se enlazan con una dulzura casi empalagosa.
El paladar sin gusto,
diría que no es gozo, si no estupidez.
Quedarse sentada esperando...
ver amanecer.



Con los zapatos en las manos y la botella de betadine al lado... para que no se infecten.
Las heridas.




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