La pequeña Abbie

No era capaz de contar las veces que se había dicho a sí misma que no creía en el amor.
Los rizos negros le caían suavemente sobre los hombros delgados. Sus ojos parecían estar rellenos de caramelo fundido.

Aquella noche hacía frío y los copos de nieve bailaban como estrellas caídas.
Recordó los sueños navideños de antaño y se detuvo bajo la tenue luz anaranjada de una farola. Ya nada es lo que parecía, o eso solía responderse cuando la soledad hacía eco en los rincones de su habitación a los que la luz no podía acceder.
Se acordó de que, cuando las mariposas van ascendiendo por la garganta,  no logras pensar con claridad. Se pudo ver a sí misma, con el corazón encogido y las rodillas temblorosas, escondida del tiempo, rogándole que no pasara tan deprisa. El miedo a crecer se respiraba en sus gritos silenciosos.

En ese instante; bajo aquel cielo oscurecido como si de una charca de petróleo se tratase, la pequeña Abbie se dio cuenta de que ya no era tan pequeña.


Siguió caminando hacia casa, arrastrando con su sombra los años que se le habían venido encima en un descuido.



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